Por 24 horas solo comió manzana. Lo que sucedió te sorprenderá

Pensé que iba a ser mucho más fácil. Pero resultó siendo un mega-desafío. En un local naturista en mi barrio, me recomendó hacer una “cura de frutas o verduras”. ¿De qué se trata? Comer sólo un alimento durante 24 horas… así, dijo, mi organismo se limpiaría. “Es como hacerle reset al cuerpo, para que comience de cero”, apuntó.

Las opciones más saludables, me indicó, son la uva negra, la frutilla, la pera, la zanahoria, el apio, las guindas y la manzana. En ningún caso comer más de 2,5 kilos y acompañar la “dieta” con mucho líquido. Al contener gran cantidad de agua, vitaminas y minerales, las frutas y verduras cumplen una función diurética, por lo que aumenta la cantidad de orina y con ella se arrastran las toxinas acumuladas.

Así, gran parte de los órganos que utilizamos para digerir (estómago, riñones, hígado, vesícula) terminan fortalecidos y “purificados”. Las frutas, asimismo, poseen altos índices de fibra, lo que colabora a una mayor limpieza intestinal.

Mi experimento comenzó a las 9:00 de la mañana. Había dejado una manzana, mi fruto elegido, en el velador para no olvidarme de comenzar con la cura. ¿Tostadas con huevo revuelto, jugo de pomelo y café? Nada de eso. Una manzana roja, rebanada en pedazos pequeños, fue mi desayuno. Me duché, me vestí… y la sensación de vacío me obligó a tragarme otra manzana.

Es importante aclarar que las curas de frutas y verduras conllevan un importante efecto ayuno: nuestro cuerpo está acostumbrado a la variedad de alimentos, por lo que consumir sólo de uno se transforma en una pequeña tortura. Durante el resto de la mañana intenté distraerme con algunos trabajos pendientes y me mantuve hidratado con agua embotellada. A las 11:30 me comí la tercera manzana del día. El pan, a esa altura, me guiñaba un ojo desde la despensa.

Sin querer mi imaginación viajaba hasta el refrigerador y escaneaba su contenido: pollo, cerveza, hamburguesas, mantequilla, tomates… ¡hasta la lechuga me parecía atractiva!

Dos litros de agua más tarde, a eso de las 12:30, mi visita al baño fue elocuente. La cura estaba haciendo efecto. Eso me dio ánimos para seguir con el experimento. ¿Qué almorcé? Manzanas, obvio. Tres manzanas.

Me habían dado una serie de indicaciones que, por cierto, cumplí al pie de la letra: la fruta debe comerse cruda porque al cocerla pierde muchas de sus propiedades, se debe optar por alimentos frescos, ojalá obtenidos en cultivos orgánicos, cosechados recientemente (mejor comprar en la feria que en el supermercado), y eliminar la ingesta de alcohol, café y tabaco. Si la cura se hace muy monótona, está permitido prepararse algún tipo de té, sin endulzantes.

Los ruidos estomacales comenzaron a manifestarse a eso de las 16:30, justo cuando al WhatsApp me llegó una invitación para ir a comer pizza a la casa de un amigo… y tuve que negarme. No describiré con detalle mis experiencias en el WC, a esa hora de la tarde. Sólo diré que me sorprendió constatar que lo anunciado era cierto: la orina se va transparentando en la medida en que avanza el día. Y eso es señal de que la cura surte su efecto.

Como advertencias debo consignar que no es recomendable este tipo de prácticas en niños y embarazadas, y que si se presentan algunos síntomas molestos como jaquecas, diarrea, ardor estomacal o vómitos, es mejor abandonar la dieta. En mi caso, nada de eso sucedió.

Me pareció interesante constatar dos cosas. Primero, que activar el sistema digestivo y regularlo es algo más fácil de lo que parece, y en el intento no son necesarios los yogures de la Bolocco ni las famosas semillas de chía. Y segundo: que el cuerpo es algo que está a nuestra disposición, que podemos dominarlo, darle órdenes, y limpiarlo por dentro de la misma forma en que lo hacemos por fuera. Suena sensato, ¿no?

Al final del día me había comido 9 manzanas y había bebido 4 litros de agua. Estaba seguro de que mi metabolismo agradecía ese “aseo profundo” que le regalé. Sentía una sensación de liviandad general, y mi piel estaba menos grasa que de costumbre. La cura de fruta había funcionado. Una de las desventajas es el cambio en el aliento, que se torna un poco amargo. Nada insoportable, en todo caso.

Me acosté temprano, con la satisfacción que otorga el triunfo. Dormí profundamente (ese es otro beneficio), y soñé con aquello que más tarde me engulliría: un desayuno monumental… sin manzanas de por medio.

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